lunes, 14 de febrero de 2022

Critón o el Deber del Ciudadano

En la Apología de Sócrates, Platón nos contaba el juicio y condena a Sócrates, tras el veredicto el filósofo es encerrado, por haberse realizado el juicio durante la peregrinación anual a Delos. Como el propio Platón explica en el Fedón, desde el momento de la salida del barco del puerto de Atenas hasta su regreso, no se podía ejecutar a ningún reo en la ciudad. Al ser Sócrates juzgado al día siguiente de enviar el barco, y además al no encontrarse la travesía libre de problemas aquel año, pasó bastante tiempo entre el juicio y la ejecución.

Critón, uno de los amigos de Sócrates, llega una noche a su celda, tras sobornar a la guardia, y espera a que Sócrates se despierte, sorprendido de verle dormir tan plácidamente mientras espera la muerte. El plan es convencer al filósofo de que aproveche el apoyo de sus amigos para huir de la celda y de la ciudad. Pese a que Sócrates presume a veces de pobre, pertenece a la clase alta de Atenas (no es un artesano, en realidad no se dedica a nada en concreto), y en todo caso sus amigos tienen medios tanto como para sobornar a los guardianes (Critón llega a decir que ni siquiera les saldrá caro, dado que son muy pobres), como para asegurarse de que sus contactos en otras polis se ocupen de que Sócrates viva con tranquilidad económica el resto de sus días. El discípulo no sólo quiere liberar a su amigo, también le da vergüenza que la gente piense que si se llega a la ejecución, sea porque él y sus compañeros han renunciado a liberarle por cobardía. Si Sócrates no quiere comprometerles no debe preocuparse, ya han hablado con otros para hacerlo todo mediante personas interpuestas, si fuera necesario.

Pero Sócrates le dice que lo más importante no es simplemente vivir, sino vivir bien, y que no está en manos del filósofo el decidir en qué momento se puede actuar injustamente, sino que debe procurar actuar siempre de acuerdo a la justicia.

Tras esta argumentación, el filósofo crea un personaje: la Ley, imagina que se cruza con ella cuando intenta fugarse, y le acusa de traidor y desagradecido. ¿Qué derecho tiene Sócrates a saltarse la ley? Si fue la ley ateniense quien le hizo hijo legítimo de sus padres, quien también le ha alimentado y le ha dado una educación, quien ha hecho por él, como por el resto de ciudadanos "todo lo que ha podido". Además, le podría recordar la Ley, hasta su condena Sócrates era especialmente amigo de la ciudad; al contrario que los demás, no se iba de viaje por curiosidad de conocer otras polis, sólo una vez fue a Corinto a presenciar los juegos (los juegos ístmicos, se entiende), y para hacer la guerra cuando la ciudad se lo pidió. De manera que, argumenta la Ley, es mucho morro el disfrutar de la ciudad toda la vida, y sin embargo huir, rompiendo la Ley, cuando es condenado. Si las leyes no le gustaban, ¿por qué no se fue a vivir a Lacedemonia o Creta, ciudades que él mismo considera muy bien gobernadas?

Todavía la Ley tiene otro argumento: ¿Qué va a hacer Sócrates si huye? Si se traslada a una ciudad con buenas leyes, como Megara o Tebas, no será respetado, podrá vivir, pero no podrá tratar con las mejores personas de la ciudad, que le considerarán un prófugo. Si por el contrario se va a Tesalia, donde no impera la ley, podrá divertirles con la historia de su fuga, pero en cuanto intente enseñar sobre la justicia, le echarán en cara su huida.

Por último, algo importante para Sócrates, siempre preocupado por la salvación de su "alma": si él rompe con las leyes atenienses, las leyes del infierno se volverán contra él, por haber tratado tan mal a sus hermanas, las leyes de Atenas.

Sería interesante preguntarnos en qué tipo de "polis" vivimos nosotros. ¿Tenemos leyes envidiables como Creta o Lacedemonia? ¿Al menos España es un buen lugar, donde las leyes son respetadas, como Megara o Tebas? O es más bien una Tesalia, donde no impera la ley... ¿Respuestas?

domingo, 13 de febrero de 2022

Apología de Sócrates - Platón

Escribía hace poco sobre el Eutifrón, o de la piedad, diálogo que transcurre a las puertas donde Sócrates va a ser juzgado, los principales acusadores son Méleto y Ánito, y el jurado está formado por más de 500 ciudadanos de Atenas. Es acusado de corromper a la juventud, de impiedad y de intentar
introducir novedades en la religión de Atenas: "Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar en lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa y enseña a los demás sus doctrinas". Esta Apología, nos cuenta el juicio al que el filósofo fue sometido; su defensa (apología), el veredicto y las conclusiones.
Cuando se inicia el diálogo los acusadores ya han hecho sus discursos, frente a los cuales debe defenderse el filósofo, y empieza diciendo que todo lo que han dicho aquellos es mentira, pero también advierte de que no son esos los verdaderos acusadores, sino aquellos supuestos sabios a quienes él ha ido desenmascarando a lo largo de su vida de búsqueda de sabiduría. Son ellos quienes han ido minando la reputación de Sócrates, de manera que los ciudadanos atenienses juzgarán sobre los prejuicios que aquellos han ido sembrando. Sócrates era un auténtico tocanarices, eso hay que reconocerlo, que abordaba a la gente por la calle para hacer preguntas, y encima si intentaban hacerles los listos, les hacía quedar mal a la vista de todo el mundo.

Para explicarse, Sócrates cuenta cómo empezó su búsqueda de la sabiduría, historia que en realidad es una precuela de Blancanieves, como sigue: un amigo suyo, Querefón, se atrevió a preguntarle al oráculo de Delfos si había en el mundo algún hombre más sabio que Sócrates, a lo que la sibila contestó que no. Cuando esta noticia llegó a oídos del filósofo, que no se pensaba sabio, no la entendió, y se puso a pensar qué significado podía tener (porque el dios no podía mentir, claro). Para su búsqueda decidió dirigirse a los que eran considerados más sabios de Atenas, primero los políticos, luego a los poetas y a los artistas, y en todos descubrió que se creían sabios, pero que no lo eran realmente, de manera que él sabía más que ellos, porque al menos "sabía que no sabía". De esta manera a todos interroga, y si mientras tanto se va haciendo fama de sabio es porque quienes escuchan, "piensan que sabe todo lo que descubre que los otros no saben". Esta búsqueda de la sabiduría fue su vida, y le mantuvo tan ocupado que ni pudo ocuparse de la política, ni siquiera de sus propios asuntos, hasta acabar en la pobreza.
También mantiene durante su defensa una discusión con Méleto, el principal acusador quien alega que Sócrates no cree en los dioses, y que "piensa que el Sol es una piedra y la Luna una Tierra". De esto último se defiende diciendo que son las enseñanzas de Anaxágoras de Clazomenes, no suyas, y de lo primero, sobre el ateísmo, les dice que es bien sabido que él se apoya siempre en un demonio personal que le acompaña desde que era niño, protegiéndole de todo mal, y que si cree en los demonios (semidioses, no diablos), necesariamente creerá en los dioses, que son sus padres. Insiste Sócrates en que su misión es convencer a todos de que deben cuidar de su alma, más que de las riquezas o de su cuerpo. 

Si renuncia a una defensa más efectiva, pero más cobarde, presentando a su familia e intentando dar pena, es por respeto a los atenienses; además no tiene miedo, lo mismo que no lo tuvo cuando la tiranía de los treinta le mandó matar a León de Salamina, y él no lo hizo, por ser injusto, dado que los tiranos mandaban a los ciudadanos cometer muchos crímenes de este tipo, para comprometerles.

En resumen, lo que hace Sócrates por encima de todo es explicar que la suya es la defensa de un hombre inocente, de alguna manera exige al jurado que le declare inocente sin defenderse explícitamente de los cargos.
No funciona muy bien (tampoco él pensaba que fuera a funcionar): los jueces le condenan por mayoría de 286 contra 274. 
Ahora tiene la opción de proponerles a los jueces un castigo por su crimen, y les propone recibir el honor de ser alimentado en el Pritaneo a cargo del erario público, uno de los mayores premios que podía hacérsele a un ciudadano (hay que pensar en la sorpresa de los jueces, cuando una persona a punto de ser condenada a muerte, exige que le hagan hijo predilecto, por así decirlo). Sin embargo para cumplir la ley tras este enorme farol, dice que se condenaría a una multa de 30 minas, dado que no le importa el dinero (tampoco tiene tanto, se lo pagarían los amigos). El jurado no acepta la multa, y le condena a muerte.

Tras la sentencia, Sócrates toma de nuevo la palabra para afearles que condenen a muerte a un hombre inocente, quien además tiene 70 años, de manera que están manchando su reputación con poca ganancia, para matar a alguien que de todos modos ya no podía vivir mucho. Hoy podemos decir que tenía razón, porque si bien sabemos que la democracia ateniense era más bien un tipo concreto de aristocracia, también es costumbre citar la condena a muerte de Sócrates como un gran baldón del sistema. En definitiva, para dar la razón a Sócrates, he ilustrado este post con distintas representaciones del juicio de Sócrates (hay muchas más), todas tienen algo en común: no están de acuerdo con la sentencia, por así decirlo.
Respecto a la muerte, acaba el filósofo, si es falta total de conciencia, será descanso; si es paso a una vida mejor, no se puede pedir más. "No hay ningún mal para el hombre de bien, ni durante su vida, ni después de su muerte".

Hoy en día quizás podríamos seguir el mismo camino que siguió Sócrates, nuestra única ventaja es que nosotros ya no pensamos que los políticos en general sean sabios, más bien asumimos que son necesarios. Pero sí aceptamos en este mundo de sobreentendidos, que artistas, comentaristas o cualquier famoso en general, pontifique sobre los temas más variados, nos falta un Sócrates que les interrogue, a ve si tienen algún tipo de sabiduría, o sólo creen tenerla.

Eutifrón o de la Piedad - Platón

Encontramos a Sócrates en un momento crucial: acude al tribunal debido a las acusaciones de corromper a la juventud e introducir novedades en la religión del Estado (para que no mitifiquemos demasiado la democracia ateniense).

Allí se encuentra con el adivino Eutifrón, que va a presentar una acusación de asesinato contra su propio padre por un suceso digno de una peli de Tarantino: uno de los colonos de su padre mató a golpes a uno de sus esclavos, al enterarse, como jefe y propietario, lo encadenó y lo tiró a un pozo, donde debía permanecer mientras enviaba a consultar a los magistrados qué debía hacer con él. Con la respiración dificultada por las cadenas, sin agua ni alimento, el colono murió.

Así pues, tenemos a la puerta de los juzgados a un filósofo como acusado de crímenes religiosos, y a un especialista en religión ateniense, un adivino, como acusador. Es importante este punto, porque la búsqueda de Sócrates se centra principalmente en aquellos que creen saber, pero no saben. Ambos, que se conocen y se tratan con afabilidad, se cuentan respectivamente su caso, y hay que decir que Eutifrón se pone inmediatamente y por entero de parte de Sócrates; no sólo deja claro que le parece imposible que Sócrates haya acudido al tribunal a acusar a otro, sino que considera que quien le acusa: "...atacándote a ti me parece que ataca a su patria en lo que tiene de más sagrado".

Sin embargo, la actitud de Sócrates es la contraria. Desde el principio se nota que le chirría esta acusación contra un padre por el ataque realizado contra un desconocido, que además a su vez había tenido una conducta tan odiosa como matar de una paliza a un esclavo. De manera que decide interrogar al adivino, para profundizar en los motivos que le llevan a tomar esta decisión.

La conversación pasa por lo honesto y deshonesto, lo justo y lo injusto, y su relación con los dioses. El adivino se mete en terreno pantanoso, porque en la religión griega es difícil encontrar algo que "agrade a los dioses", son demasiados en número, así como contradictorios en sus "biografías", en sus actos y opiniones. Además, una vez que se pasa de la conducta general a la puramente piadosa: los sacrificios y las oraciones, descubrimos que los humanos pueden depender del favor de los dioses, pero ellos no dependen en absoluto de los sacrificios de los humanos.

El punto para mí más interesante del diálogo es la duda sobre si la santidad es algo que agrada a los
dioses por propia naturaleza, o si es santo precisamente porque les agrada a los dioses. He aquí una pregunta capaz de remover una religión, no sé si la griega, pero sí las monoteístas. Si la santidad es buena en sí misma, entonces tendríamos una moral superior a Dios, en cuanto a que es algo que Dios mismo tendría que considerar bueno, le guste o no. En caso contrario, si algo es bueno porque le gusta a Dios, estaríamos en un caso parecido, en el cual el Dios monoteísta habría creado cosas santas y otras que no,y nos las habría ofrecido en un juego macabro. La solución, me da la impresión, es hacer el bien una parte de la esencia divina, de esta manera, quizás un atajo, se cortaría el nudo gordiano de la contradicción (todo lo bueno sería Dios). El diálogo no llega a conclusiones, pero es un tema sobre el bien y el mal siempre interesante para reflexionar.

Hoy en día es fácil buscar ejemplos de piedad al estilo de Eutifrón, de fundamentalismo. En las religiones de hoy: la cultura, el pueblo, ¡tantas!b siempre encontraremos multitud de "eutifrones" dispuestos a llevarse todo por delante (especialmente a sus padres), buscando el agrado de un Dios en cuyo culto se consideran expertos.

Esperemos que algún día, como le pasa a Eutifrón, huyan avergonzados, y de paso dejen en paz a sus padres y a los demás.

viernes, 11 de febrero de 2022

La Naranja Mecánica - 1971 - Stanley Kubrick

El año pasado cumplió 50 años este clásico de Kubrick.

Nos cuenta una historia ambientada en un futuro sin especificar, aparentemente cercano, sin ciencia ficción; en un mundo parecido al nuestro en general, con pequeños matices. Más que un mundo futuro, diría, es un mundo "futurista", con las modas y la decoración llevadas al extremo, pero por lo demás no notaríamos mucho la diferencia con nuestro día a día.

La huella que ha dejado esta película es enorme, en cincuenta años se ha ramificado hasta cubrir el cine actual, no es un estilo, ni mucho menos un género, es una forma de mostrar las cosas. Existe una huella estética que marca El Dormilón de Woody Allen y las fantasías de Terry Gilliam, y que llega destilada hasta Los Juegos del Hambre, y tantas otras; pero también marca un estilo para las distopías de los 70, como El Último Hombre o Soylent Green. Más allá de la estética, dejó abierta la puerta al cine ultraviolento de nuestros días, en concreto las distintas personificaciones de El Joker, cómico o dramático, puede ser visto como un nuevo Alex Delarge. En definitiva, por no extenderse hasta el infinito, ¿Cómo no reconocer a los "droogs" en los idiotas ultraviolentos de "El Pacificador"?

¿Y por qué esta huella? Desde mi punto de vista, porque fue una visión acertada del camino que la sociedad en general y la narración en particular empezaba a seguir. La falta de orden, la idea de que las leyes son para que las cumplan los tontos, en todas las esferas de la vida, desde el político que la hace según le convenga hasta el matón que campa por sus respetos en callejones solitarios, se ha abierto paso como parte de la ideología dominante; podemos, quizás, concentrarla en un viejo consejo: "si te están atacando, grita ¡Fuego! para que se acerquen curiosos". La violencia grupal, sea para apoyar otros delitos, para el desahogo de los "guerreros de fin de semana", o para la vejación sexual no nos resulta extraña, está a la orden del día.


En una sociedad que se nos muestra como decadente en general, aunque muy polarizada socialmente, con una clase alta que no parece decaer en absoluto, crece un personaje muy bien adaptado: joven, atractivo, valiente y fuerte, quien, junto con su grupo de amigos y cómplices, disfruta una existencia hedonista; dedicada a extraer de cada momento la mayor satisfacción  mediante la violencia, su gran afición; el sexo; o la música, especialmente la de Beethoven. Mientras tanto ganan algo de dinerillo, porque no son tontos, y saben "monetizar" sus habilidades.

La ultraviolencia

La violencia, la "vieja ultraviolencia" a la que se refiere siempre el protagonista-narrador, está presente en prácticamente todos los personajes, a lo largo de toda la cinta. Sin embargo la mayor parte de ellos tienen un motivo concreto para desear hacer daño a los demás, o al menos una excusa. En el caso de Alex y sus secuaces, el motivo es más general: la diversión.

Hay un enfrentamiento ontológico entre Alex, que deja lisiado a un escritor bienintencionado, viola y provoca la muerte de su mujer, sólo por pasar un buen rato; y la violencia posterior de ese mismo escritor, violencia que disfruta con un paroxismo que nos resulta monstruoso. Alex pega, raja y viola con alegría, con la misma simpatía con la que hace todo, es un espectáculo en sí mismo; realmente es la reencarnación del adorable Gene Kelly. Sin embargo, el vengativo escritor, puede que justo, es puro Mr. Scrooge, es Uriah Heep: el rostro desencajado, grita en solitario y dan ganas de pedir que le inyecten un tranquilizante.

Una comparación parecida puede hacerse con la violencia burocrática de la cárcel, o la científica del tratamiento con el que intentan curarle. La frialdad médico-industrial, la precisión de la tortura y la minuciosidad de los artilugios y tratamientos, el afán de sanear y reconstruir el interior de una persona, a la que posteriormente se suma la teatral demostración de que todo es mentira, de que los preocupados sanadores ocultan una lascivia por la crueldad tan grande o mayor que la del enfermo, todo ello es un frenético combate de boxeo entre distintas violencias: la violencia hedonista del sádico, la violencia justiciera de las víctimas, la violencia mecánica, pero funcionarial, y por eso mismo personal, del sistema.

La sociedad

La sociedad que nos describe la película es una sociedad parecida a la nuestra, aunque con cierta sensación de que las diferencias económicas están acentuadas. El portal del protagonista, como los paisajes urbanos, dan cierta sensación de decadencia, la propia impunidad para el delito deja entrever que hay algo que no funciona bien en todo aquello.

Dentro de la sociedad, y de esta historia, está la política. Un ministro se encarga de elegir a Alex como cobaya para un tratamiento de curación de la violencia, él a su vez es voluntario, porque el tratamiento le ayudará a salir de la cárcel en dos semanas, en lugar de cumplir su larga sentencia. La sociedad es una democracia, como se nota por la presencia de una prensa y una oposición, y un cierto interés continuo en "quedar bien", por parte del ministro. Pero, como sucede hasta en las democracias más perfeccionadas, hay trampas, atajos, y sobre todo propaganda. Como también ocurre seguramente a menudo, el ministro tiene decisión total sobre todos los temas, y acceso garantizado a la cárcel, al hospital, y a donde necesite entrar para cumplir sus propósitos. También suele suceder incluso en los sistemas más establecidos, incluidas las democracias, que tienen enemigos y corren cierto riesgo. No es sólo que pueda degenerar, o perder "calidad democrática", que dirían algunos, también se corre el riesgo de su derogación total como sistema, nos da la pista una frase aparentemente casual del ministro: "pronto necesitaremos sitio en la cárcel para los presos políticos".

En definitiva Alex es un monstruo, que mata, viola y toma lo que quiere en el momento en que lo desea, pero, pese a ello, por su simpatía y atractivo en general, es adecuado para que según intereses de otros se le vayan asignando distintos papeles públicos: sociópata, arrepentido, víctima y mártir. Tras éste último papel se vislumbra, quizás, el de ministro.

La estética

Se ha hablado mucho de lo cuidadoso de la estética en esta película, y es cierto. Todo parece milimétricamente medido: las decoraciones, el vestuario, incluso las conversaciones y las escenas de acción. La peleas son bailes, las conversaciones están deformadas para dar una impresión de falta de instrucción, de catetismo de barrio, pero el tono y lo rotundo de las expresiones, la repetición mántrica de tantas palabras: "Rigth, right, right? Right, right, right.", las continuas rimas sin verso, la entonación, todo conforma una música popular pintada contra un fondo de Beethoven, que lo cubre todo. Repasando los diálogos para escribir esta entrada, veo cada vez con más claridad que son auténticos poemas, poemas ñoños en la forma, infantiles como los protagonistas que los inventan sin querer, pero para mí de una musicalidad excepcional.

Pues así todo, de la misma manera se forman ritmos con la ropa, con las grandes ambientaciones de hormigón, como el túnel y la cárcel, y los modernistas apartamentos y el teatro abandonado. Parece imposible que esos ambientes estén construidos por los protagonistas, más bien serían la herencia de un mundo ya pasado, casi parecen ser los decorados en los que se mueven quienes construyen a los hombres que pasan por allí.

Significado

Parece que un significado que le gustaba a Kubrick es el psicológico, referido al libre albedrío. Se partiría de un hombre natural, se pasaría por el filtro de la domesticación, para luego volver a lo salvaje, o quizás a algo intermedio. Puede que sea cierto, pero para mí desvirtuaría la película, convirtiéndola en una tontería, porque ni el hombre natural utiliza la violencia como diversión, ni el hombre civilizado es un trozo de carne sin voluntad, ni ninguno de los dos casos sería más que una caricatura, y convertiría la película en un chiste mal contado. Creo que por parte del autor de la novela hay una lectura contraria a esta anterior, que explica el título: un hombre que sólo fuera capaz de hacer el bien o el mal, no sería un ser humano, sino una naranja mecánica, algo que parece vivo y jugoso, pero que es sólo un mecanismo muerto. Esa posición, aunque resulta idealista en su planteamiento, al menos incluye de alguna manera una negación de ese mismo idealismo "sobre la marcha", como si dijéramos: existe un bien y un mal, pero no se dan en la realidad (al menos no hipostasiados en un individuo).

En este sentido, la película transmite muchos mensajes contradictorios, de lo cual se podría sacar la conclusión, precisamente, de que no pretende mandar ningún mensaje ético, lo cual tiene su lógica, porque ¿Quién dice que una película tiene que enviar un mensaje ético?

En la primera parte el protagonista es ser demoniaco para todos los que encuentra a su paso, y le va bien; mientras que en la segunda parte el gran agresor, el violento hedonista, se lleva su castigo y sufre. Cada una de sus víctimas se le vuelve a aparecer, como los fantasmas de Dickens, y le devuelve multiplicado el daño recibido: sus padres el daño moral, el mendigo la paliza, sus amigos el desprecio y los golpes, el escritor la vida. Pero la lección que se podría sacar de esta redención viene al menos con dos trampas: la primera, que sólo llega, y sólo puede llegar con el pacifismo impuesto al protagonista, no por convicción; la segunda, que al "curarse de la cura" llega el momento de la restitución, y la promesa de que todas las cosas de las que disfrutaba le serán devueltas, unidas a su integración en una sociedad superior.

Queda seguro mucho por tratar: Malcom McDowell, la petición de Kubrick de retirar la película de los cines ingleses, la polémica política, etc. Así que animo a cualquier lector que haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí, a que bucee un poco por la enorme cantidad de publicaciones que la peli ha generado desde su estreno.

sábado, 10 de abril de 2021

SPQR - 2016 - Mary Beard

Tengo que empezar manifestando mi antipatía por la autora, de quien considero que tiene un punto sensacionalista. Es un personaje bastante público, porque ha presentado varios documentales sobre la historia de Roma, siempre intentando romper prejuicios, a menudo inexistentes, o sea, que me da la impresión de que se va creando prejuicios que luego pueda destruir.

Dicho esto, tengo otro prejuicio que reconocer, y es que creo que los ingleses son muy aficionados a la historia de Roma, de la segunda guerra mundial, de España (existen los ingleses "hispanistas", pero ¿Existen los españoles "Inglesistas"?), porque así no tienen que enfrentarse a su propia historia. Les gusta mucho a los ingleses hablar de los genocidios cometidos por otros, pero menos hablar de los que han cometido ellos, escondidos tras una supuesta historia gloriosa que transcurre desde Isabel I a nuestros días.

Una vez revisadas mis propias opiniones, paso al libro en cuestión. Es un libro bastante agradable de leer. Aunque, lógicamente, una historia de Roma, o de su "primer milenio", como bien dice la autora, que ocupa poco más de 500 páginas tiene que ser bastante resumida, y así se va fijando la autora en aquellos sucesos y personajes que le parecen más representativos. Con esta idea en mente, empieza su historia en el año 63 a.C. cuando Cicerón ataca a Catilina con su famoso "Hasta cuando...", provocando su condena. Uno de los motivos para elegir este punto para iniciar el relato es que se conservan muchos escritos de Cicerón, así que de alguna manera hablar de él es pisar terreno más firme que hablar de otros, otro motivo es que la lucha de clases en la antigua Roma es el eje más importante del libro, y este episodio de Cicerón, un "hombre nuevo", representante del "status quo", enfrentado a Catilina, revolucionario quizás muchas veces llevado hasta la caricatura, es muy útil tanto para hablar de la propia Roma, con sus continuas luchas internas, como para hablar de historia, con sus continuas tomas de partido, explícitas o implícitas. 

A partir de este año 63 el libro inicia lo que G. Bueno llamaría un "regressus" hasta la monarquía original y el principio de la república, y desde ahí un "progressus" hasta el imperio de Caracalla, que pone final al libro, por considerar que los cambios internos en la política del Imperio ya le obligarían a hablar de "otra cosa". Sin embargo el corte no es brusco, más allá del gobierno de Caracalla hace útiles comentarios generales sobre el cristianismo y la entrada de los "bárbaros".

Creo que hay cosas muy bien contadas en el libro, como el el hecho de que el juicio personal que se hace de los emperadores: el sabio Marco Aurelio, el demente Nerón, el vicioso Calígula..., sustituye gratuitamente al juicio político, que parece que es el que debería interesarnos. Este marco mental se podría poner en relación con la idea medieval de que la conducta de los reyes, mediante el castigo o premio divino, marcaba el destino de los reinos. Nos dice Beard que los emperadores asesinados como Nerón y Calígula, son mal vistos porque sus sucesores tienen que basar su legitimidad en dichos asesinatos, mientras que los emperadores cuyos hijos heredan el trono, como Marco Aurelio, son bien tratados por la posteridad, porque sus cualidades legitiman también a los sucesores. Dentro de esta buena explicación, como le pasa a menudo a la autora, se le va algún comentario de las manos, como su desprecio en conjunto a las Meditaciones de Marco Aurelio, y es que a veces el afán de "aplanar" a los "buenos y los malos", deja escapar comentarios que se podía guardar, porque no aportan nada, salvo una sensación de que el orgullo de la autora pesa demasiado en su obra.

En este tipo de criterios, más filosóficos que históricos, es donde cojea en ocasiones el libro. Por ejemplo, al hablar de "la choza de Rómulo", la considera prácticamente un timo. Esta choza se situó durante siglos en Roma, siendo, por supuesto, reparada muchas veces. Como es previsible, siendo una choza de madera y paja, en pocos decenios probablemente no quedaría ni una pieza original de la choza, pero ¿Esto hace que la choza sea falsa? Se ha escrito mucho sobre la idea de identidad alrededor de esta situación (normalmente referida al barco de Teseo), pero, idealismos aparte, ¿Dónde está el engaño? ¿Según se van sustituyendo piedras en la "Seu Vella" de Lérida, va dejando de ser el mismo edificio? ¿Se está engañando a los leridanos o aficionados a la arquitectura en general? No lo creo.

Aparte de eso, como otro defecto, la autora hace desaparecer misteriosamente a Mario dentro de las guerras civiles, apenas le menciona, y cuando lo hace lo convierte más o menos en un héroe, o en un mártir, y algo parecido hace con Clodio, borrando todo lo antidemocrático de su conducta, porque es un héroe, y/o mártir, de la causa popular, así que, por lo visto, es una víctima, pese a haber sido más bien un verdugo. Estos silencios parecen tener un contenido ideológico: los defensores del pueblo son mártires de la causa, agredidos por los defensores de la aristocracia que no deja de pelear por conseguir más y más poder. Lo cierto es que eso se compadece sólo a medias con la historia de Roma, en la que "el pueblo", entendido como el "vulgo", la plebe, quienes no son senadores ni caballeros, que sólo tienen el poder de su número, tuvo bastante poder, y fue tenido muy en cuenta desde los Gracos hasta los emperadores, como sin embargo sí nos cuenta la autora, sin ver contradicción en ello.

En definitiva, merece la pena como entretenido y bastante completo libro de divulgación de la historia de Roma, desde que era, más que una ciudad, un pueblo belicoso rodeado de otros pueblos belicosos, hasta la culminación del imperio. Todo visto principalmente desde la guerra de clases, y por eso también la elección del título, SPQR: el Senado y el pueblo de Roma, que ya marca el sentido del libro, del imperio, y en cierta manera también, según Marx, es el motor de la historia.


viernes, 12 de marzo de 2021

En Defensa de España - 2017 - Stanley G. Payne

Ensayo premio Espasa 2017, en el que el autor hace un repaso de la historia de España. El título puede resultar algo engañoso, porque no trata con mucha especificidad de las leyendas negras, sino que es una breve historia de España. Podría parecer un poco apresurada, porque es un libro de 291 páginas, y prácticamente la mitad está dedicada al periodo que cubre desde la proclamación de la segunda república a nuestros días.

Por supuesto se puede considerar que la propia narración de una historia de España puede ser de por sí cumplir el propósito del subtítulo del libro: "desmontando mitos y leyendas negras", dando por hecho que son eso precisamente: leyendas, y que por lo tanto una historia científica, materialista, serviría para contradecirlas.

En cuanto a la leyenda negra en general, y a la historia de España, no presenta muchas novedades, sigue por encima la historia conocida, según la cual la leyenda negra empieza en Italia, y explota durante las guerras de Carlos I de España y V de Alemania, sobre todo en los países bajos, reforzada después por el protestantismo en Inglaterra y la ilustración en Francia.

Pero la clave del libro, para mí, está en esa segunda parte, que hubiera valido el libro por sí misma, en la que nos cuenta la historia que hoy está tan presente en nuestra sociedad española, esa que transcurre desde el 14 de abril de 1931, proclamación de la Segunda República Española, hasta nuestros días. Aquí el autor está realmente decidido a romper mitos, mitos que hoy por hoy casi parece ilegal romper. Nos dice que la segunda república dejó de ser un Estado de Derecho antes del levantamiento militar, que estaba en proceso de convertirse en una república socialista (no de gobierno socialista que ese ya existía, sino de sistema socialista).

El autor basa la debilidad de la república en dos situaciones. La primera consiste en una suma de inseguridad ciudadana, terrorismo e intentos de golpes de estado, varios anarquistas y por encima de todos el levantamiento asturiano de 1934. La segunda es la institucional, en la que el presidente Alcalá Zamora se niega a dar el gobierno a la CEDA, que había ganado las elecciones y tenía mayoría suficiente como para formar gobierno estable, la consecuente repetición de elecciones con pucherazo de izquierdas, formando una cámara ya, para el autor, completamente fuera de la democracia.

Con estos mimbres se llega a la guerra civil, sobre la que el autor es equidistante, y posteriormente a la dictadura franquista, que para el autor resulta eficiente, sin negar su falta de libertad política o legitimidad. En opinión del autor no hubo mucha resistencia al régimen porque la gente sabía que en caso de haber ganado el otro bando, el resultado hubiera sido otra dictadura, de signo opuesto (algo así como la lucha entre Pompeyo y César).

Resulta en este sentido un libro interesantísimo, que yo hubiera preferido dedicado a esta segunda parte, ampliándola, dado que es una opinión que probablemente pronto sea ilegal, sino lo es ya, nos ofrece una oportunidad de retomar lo que fue la opinión bastante generalizada sobre la dictadura durante los primeros años de democracia.


La Nueva Mente del Emperador - 1989 - Roger Penrose

Libro de divulgación del flamante premio nobel Roger Penrose.

La premisa principal, que da sentido al título, es la de que la conciencia reside en un posible funcionamiento cuántico del cerebro, más concretamente un entrelazamiento de átomos en estructuras pequeñas para nuestro escala, pero grandes para la escala a la que los efectos cuánticos suelen notarse (grande por número de partículas entrelazadas, no por tamaño, ya que el entrelazamiento es un fenómeno que se puede mantener en cualquier distancia). Esta premisa no está defendida con mucha fuerza, ni siquiera bien definida, ni el autor lo pretende: expone lo que considera más probable, y deja un poco las posibles demostraciones para un futuro en el que se conozca mejor la relación entre gravedad y física cuántica, porque también supone que en esta teoría del todo estaría la explicación definitiva.

Pero, por suerte para nosotros los lectores, esta premisa se deja de lado durante la mayor parte del libro, o, más bien, el autor se siente en la necesidad de dar una clase de física y matemáticas mucho más general, y para mí ahí está el valor del libro.

No me encanta Penrose como divulgador, me da la impresión de que tenemos maneras muy distintas de funcionar, para mi manera de entender las cosas, se detiene mucho en explicar cosas sencillas, y pasa por encima de puntos complicados como dándolos por sabidos.

Dicho esto, creo que no he leído nunca una explicación mejor de los fundamentos de la física cuántica, y ahí es donde realmente este libro brilla. Sin embargo no opino lo mismo de su explicación de la relatividad, que quizás podría ser un poco más detallada y lineal.

Luego está, se me olvidaba, la explicación de la tierra (o de la naturaleza) como un sistema de gestión de la entropía, no de conservación de la energía, no porque esa conservación no se de, sólo faltaba, sino porque considera que la simple conservación de la energía no explica nada, mientras que un suministro de entropía baja por parte de los fotones que nos llegan del sol sería lo que nos mantiene en movimiento; la verdadera fuente y el verdadero sostén de la vida.

Repaso los capítulos del libro mientras escribo este artículo, y creo que lo dejaría en la mitad, en la parte central del tomo (son casi 600 páginas), pero esa parte central vale con creces por todo el libro.

Una buena lectura para encontrarse con la obra, al menos con la obra divulgadora, de Penrose.