Curiosa versión japonesa de Macbeth, que merece la pena incluir en este pequeño recopilatorio que me está saliendo, aunque sólo fuera por ser una de las más conocidas, y también la más diferente, claro.
Es una versión muy distinta, no sólo porque transcurre en el Japón medieval, en lugar de en Escocia, sino porque no parece que el director hay querido seguir fielmente el texto, ni siquiera el esquema de la obra, se queda con las partes que le interesan, y recorta sin piedad el resto.
Praece que el director ha hecho una obra para japoneses que no conozcan a Shakespeare, lo cual también explicaría, al menos en parte, la simplificación, el recorte de los diálogos, etc., al final de la película, con la trama ya terminada, incluye una explicación al movimiento del bosque. Ha querido hacer una obra japonesa sobre el tema de Macbeth, más que una versión de la obra tradicional.
Las actuaciones, como corresponde, son exageradas para lo habitual en occidente, lo cual le añade otro tono exótico. Los personajes secundarios en buena medida desaparecen, hasta el punto de que no hay un verdadero Macduff, el justiciero que acaba con Macbeth (Washizu), quien no muere por la espada ejecutado por un no nacido del vientre de mujer, sino acribillado a flechazos. De la misma manera no existe la familia de Macduff, cuyo asesinato es el gran acto de maldad de Macbeth, consecuencia de las segundas profecías de las brujas, y la fuente de la gran degeneración del protagonista y de la muerte de su mujer, que asi ve como el camino iniciado no tiene final.
A la ambición natural del protagonista, le han querido añadir el miedo, que es la fuerza que utiliza Lady Macbeth para reforzar sus malas intenciones, en lugar de espolear su deseo de poder, le hace ver el peligro en el que la profecía le deja, ya que le sitúa como posible enemigo de su señor y de su compañero. Esto añade interés desde el punto de vista de que da importancia a la duda, siempre presente, de hasta qué punto los hechos transcurren según la profecía precísamente porque Macbeth y Banquo (Miki) la han escuchado.
También en el aspecto político esta historia es más neutra, Macbeth no hace nada que no hubiera hecho antes su predecesor: matar a su señor para ponerse en su lugar, no es un malvado, es un señor poderoso que actua como los demás señores poderosos.
sábado, 16 de julio de 2016
sábado, 2 de julio de 2016
Macbeth - 1948 - Orson Welles
Se trata de una versión sencilla, impresionista en algunos momentos, pero que pretende, creo, ser honesta, de la historia del rey escocés.
El aire es de un país entre la antigüedad y la edad media, en pleno siglo XI, siempre en guerra con sus vecinos, donde por lo tanto un general y guerrero como Macbeth tiene todas las de ganar. El protagonista viste un peto de soldado, y más tarde se pone una corona de acero, de aspecto muy pesado, en mi imaginación es una especie de Pelayo, o de los primeros nobles y reyes castellanos o aragoneses, siempre en batalla, los más ricos de los pobres. Sin embargo Lady Macbeth es magnífica, una auténtica señora, mucho más refinada, mucho más afilada, aunque igualmente marcial y dispuesta a lo que haga falta.
No se dedican muchos medios: todo decorado, y casi toda la actuación el mismo, un castillo de piedra, Dunsinane, donde Macbeth manda primero como señor de Glamis, y luego como Rey, como se ve es un tirano poco dado a derrochar.
El aire es de un país entre la antigüedad y la edad media, en pleno siglo XI, siempre en guerra con sus vecinos, donde por lo tanto un general y guerrero como Macbeth tiene todas las de ganar. El protagonista viste un peto de soldado, y más tarde se pone una corona de acero, de aspecto muy pesado, en mi imaginación es una especie de Pelayo, o de los primeros nobles y reyes castellanos o aragoneses, siempre en batalla, los más ricos de los pobres. Sin embargo Lady Macbeth es magnífica, una auténtica señora, mucho más refinada, mucho más afilada, aunque igualmente marcial y dispuesta a lo que haga falta.
Entre los dos matan al bondadoso Duncan y se hacen con el poder. En esta versión las sospechas sobre Macbeth son más evidentes desde el principio, tanto Banquo como Ross parecen tener claro desde el primer momento que Macbeth es el culpable, y sólo se mantienen un poco al margen para ver como van desarrollándose los acontecimientos.
Es bastante respetuosa con los secundarios, aunque no puedo dejar de extrañarme por la manera en que un personaje de reparto como es Ross cambia tanto de una versión a otra: desaparece en la versión del año pasado, un play-boy traidor en la versión de Polansky, un sacerdote y amigo en esta de Wells. Los demás secundarios, como la mujer y el hijo de Macduff o los asesinos de Banquo ocupan su lugar, ni son tan importantes como en la de Polansky (que probablemente es la mejor de todas), ni desaparecen de una manera tan absurda como en la de Kurzel del año pasado.
Estos secundarios, incluso las brujas, son importantes para que no se fije la atención en exceso en los Macbeth y que el espectador tenga un cierto respiro y no nos hartemos del matrimonio protagonista y sus cuitas.
En definitiva, una gran película que siempre merece la pena. Fue la primera versión que conocí de la obra, en su momento me sorprendió, porque los anglosajones siempre tienen algo que decir se su Shakespeare, y siempre le hacen hablr bien. No es que en España manejemos peor los clásicos, sólo que los sacamos a pasear con mucha menos frecuencia.
domingo, 19 de junio de 2016
Macbeth - 2015 - Justin Kurzel
No me ha gustado mucho este Macbeth. Si duda es estéticamente más moderno, con una fotografía muy cuidada, y en definitiva una película con imágenes muy bonitas, pero en los últimos años parece que esto ya tenemos que darlo por hecho, al menos en una película con pretensiones de arte, y a ésta lo único que no le faltan son pretensiones. Bueno, ya lo hemos dicho, no le faltan pretensiones ni imágenes bonitas.
Pero han hecho una versión muy aburrida, lenta, llena de vacío misticismo, sin una pizca de alegría,
sin un comentario irónico, todo es trascendente y parte de un cuadro preciosista. Hasta la gente es muy guapa, es más ¡Hasta las brujas lo son! Según cada momento, todo el mundo parece consagrado en esta película: los soldados parecen monjes, las brujas y mujeres en general monjas, y todo rodeado de una espiritualidad sin sentido, una supuesta trascendencia que no trasciende, porque no llega a ninguna parte.
Las actuaciones están bien, completamente cinematográfica, lo cual ayuda mucho, porque no se necesita que nadie declame, como tienen micrófonos pueden susurrar y gritar según el papel lo pida, facilitando a los actores dar matices. En algunos momentos por falta de épica y sobra de cara de loco parece que Fassbender iba a hacer Hamlet y a medio camino le cambiaron la obra, lo cual no quiere decir que esté mal, las actuaciones, incluída la suya, son correctas, y todos y todas muy hermosos y hermosas, como ya he dicho.
Como también he dicho, falta alegría, a Macbeth y su mujer parece que todo le traspasa, mientras los personajes de Polanski son humanos y ríen y lloran, los de Kurzel permanecen impasibles o sufren. En relación con la película de 1971 es curioso como Polanski da un papel de gran importancia a Ross, mayor del que tiene en la obra, acertando desde mi punto de vista plenamente, porque encarna muy bien la bajeza moral, la pequeñez, y, cuidado, la simpatía y buenas palabras. Sin embargo en la versión que nos ocupa este personaje prácticamente desaparece, teniendo menos presencia que en la obra original.
Por último las batallas y combates están bien realizados, olvidando, por supuesto y por completo, el realismo (que a veces se confunde con chorros de sangre por todas partes), un poco a lo 300, claro, como casi todo ahora.
Aunque las críticas son muy buenas, yo creo que, hay que estar muy concienciado para disfrutar este Macbeth.
Pero han hecho una versión muy aburrida, lenta, llena de vacío misticismo, sin una pizca de alegría,
sin un comentario irónico, todo es trascendente y parte de un cuadro preciosista. Hasta la gente es muy guapa, es más ¡Hasta las brujas lo son! Según cada momento, todo el mundo parece consagrado en esta película: los soldados parecen monjes, las brujas y mujeres en general monjas, y todo rodeado de una espiritualidad sin sentido, una supuesta trascendencia que no trasciende, porque no llega a ninguna parte.
Las actuaciones están bien, completamente cinematográfica, lo cual ayuda mucho, porque no se necesita que nadie declame, como tienen micrófonos pueden susurrar y gritar según el papel lo pida, facilitando a los actores dar matices. En algunos momentos por falta de épica y sobra de cara de loco parece que Fassbender iba a hacer Hamlet y a medio camino le cambiaron la obra, lo cual no quiere decir que esté mal, las actuaciones, incluída la suya, son correctas, y todos y todas muy hermosos y hermosas, como ya he dicho.
Como también he dicho, falta alegría, a Macbeth y su mujer parece que todo le traspasa, mientras los personajes de Polanski son humanos y ríen y lloran, los de Kurzel permanecen impasibles o sufren. En relación con la película de 1971 es curioso como Polanski da un papel de gran importancia a Ross, mayor del que tiene en la obra, acertando desde mi punto de vista plenamente, porque encarna muy bien la bajeza moral, la pequeñez, y, cuidado, la simpatía y buenas palabras. Sin embargo en la versión que nos ocupa este personaje prácticamente desaparece, teniendo menos presencia que en la obra original.
Por último las batallas y combates están bien realizados, olvidando, por supuesto y por completo, el realismo (que a veces se confunde con chorros de sangre por todas partes), un poco a lo 300, claro, como casi todo ahora.
Aunque las críticas son muy buenas, yo creo que, hay que estar muy concienciado para disfrutar este Macbeth.
viernes, 17 de junio de 2016
Macbeth - 1971 - Roman Polanski
Macbeth es la historia de un noble que llega a Rey de Escocia, y nos habla de muchas cosas: del destino y el día a día (a Dios rogando y con el mazo dando) de las edades del hombre, de la fidelidad, la conciencia, el valor, de todo lo que nos hace y nos deshace como personas.
Al principio de la obra el protagonista es un guerrero de éxito, cosecha victorias que deberían servir para asegurar el poder del rey Duncan, quien, agradecido, le muestra su aprecio y acrecienta su señoría dándole el señorío de Cawdor. Pero en su camino se cruzan unas brujas adivinas que le auguran que un día será rey, y de aquí la primera gran pregunta: ¿Qué hubiera sido del gran Macbeth si las brujas no le hubieran dado la seguridad que necesitaba para llegar a Rey? Nunca lo sabremos, quizás fuera apagándose con la edad, quizas honraría el señorío de Cawdor hasta ensombrecer el propio reino.
El caso es que las brujas espolean su ambición y, lo que es más importante, como decía, le dan la seguridad que necesitaba, más aún, la autoridad moral, ahora es un ungido por el destino y apartará de su paso todo lo que se cruce en su camino. Su mujer, Lady Macbeth, siente el mismo impulso, y así le ayuda en lo que puede, que es mucho.
Pero ser Rey no es tan fácil como parece, no sólo consiste en recibir honores y darse banquetes. Como bien sabemos los españoles, el primer deber del monarca es perpetuar su dinastía, y en el corazón de Macbeth las brujas han puesto la semilla de su perdición, al decirle a la vez que él será rey, pero le sucederán los hijos de su amigo Banquo. La preocupación por el futuro de sus hijos lleva a Macbeth a matar a Banquo e intentar lo mismo con el hijo de éste, pero el pequeño logra escapar.
Macbeth vuelve a recurrir a las adivinas, para preguntarles por su futuro, y la respuesta de nuevo es positiva y motivadora para el ahora Rey, y refuerza su pasión: no será vencido hasta que se mueva contra él el bosque de Birnam, y no podrá derrotarle nadie que haya nacido de vientre de mujer. Con estas ideas en la mente se siente a sí mismo invencible y actúa como tal.
De manera que vive su vida como todos los reyes de su tiempo, luchando y exterminando a sus enemigos y familiares de primer y segundo grado, gobernando con cierta tranquilidad y haciendo vida hogareña, aunque no todo son alegrías, porque tanto él como su mujer sufren episodios alucinatorios complicados con trastornos depresivos de cierta importancia.
Cuando se va haciendo viejo, a su alrededor los traidores se multiplican, se alían con fuerzas extranjeras (inglesas, nada menos) para acabar con el Rey y devolver el poder a la dinastía del difunto Duncan, que tan poco ha hecho para merecerlo.
Finalmente los augurios tenian algo de trampa, aunque han sido útiles durante muchos años, y el Rey cae, tras enfrentarse él sólo a un ejército y ponerle contra las cuerdas. Los vencedores profanan sus despojos, celebrando su vuelta a la oscuridad de la historia con el regreso de la dinastía anterior.
Al principio de la obra el protagonista es un guerrero de éxito, cosecha victorias que deberían servir para asegurar el poder del rey Duncan, quien, agradecido, le muestra su aprecio y acrecienta su señoría dándole el señorío de Cawdor. Pero en su camino se cruzan unas brujas adivinas que le auguran que un día será rey, y de aquí la primera gran pregunta: ¿Qué hubiera sido del gran Macbeth si las brujas no le hubieran dado la seguridad que necesitaba para llegar a Rey? Nunca lo sabremos, quizás fuera apagándose con la edad, quizas honraría el señorío de Cawdor hasta ensombrecer el propio reino.
El caso es que las brujas espolean su ambición y, lo que es más importante, como decía, le dan la seguridad que necesitaba, más aún, la autoridad moral, ahora es un ungido por el destino y apartará de su paso todo lo que se cruce en su camino. Su mujer, Lady Macbeth, siente el mismo impulso, y así le ayuda en lo que puede, que es mucho.
Pero ser Rey no es tan fácil como parece, no sólo consiste en recibir honores y darse banquetes. Como bien sabemos los españoles, el primer deber del monarca es perpetuar su dinastía, y en el corazón de Macbeth las brujas han puesto la semilla de su perdición, al decirle a la vez que él será rey, pero le sucederán los hijos de su amigo Banquo. La preocupación por el futuro de sus hijos lleva a Macbeth a matar a Banquo e intentar lo mismo con el hijo de éste, pero el pequeño logra escapar.
Macbeth vuelve a recurrir a las adivinas, para preguntarles por su futuro, y la respuesta de nuevo es positiva y motivadora para el ahora Rey, y refuerza su pasión: no será vencido hasta que se mueva contra él el bosque de Birnam, y no podrá derrotarle nadie que haya nacido de vientre de mujer. Con estas ideas en la mente se siente a sí mismo invencible y actúa como tal.
De manera que vive su vida como todos los reyes de su tiempo, luchando y exterminando a sus enemigos y familiares de primer y segundo grado, gobernando con cierta tranquilidad y haciendo vida hogareña, aunque no todo son alegrías, porque tanto él como su mujer sufren episodios alucinatorios complicados con trastornos depresivos de cierta importancia.
Cuando se va haciendo viejo, a su alrededor los traidores se multiplican, se alían con fuerzas extranjeras (inglesas, nada menos) para acabar con el Rey y devolver el poder a la dinastía del difunto Duncan, que tan poco ha hecho para merecerlo.
Finalmente los augurios tenian algo de trampa, aunque han sido útiles durante muchos años, y el Rey cae, tras enfrentarse él sólo a un ejército y ponerle contra las cuerdas. Los vencedores profanan sus despojos, celebrando su vuelta a la oscuridad de la historia con el regreso de la dinastía anterior.
sábado, 11 de junio de 2016
Política de Trazo Gordo
El objetivo de las distintas ideologías es más o menos el mismo, por mucho que pueda sorprendernos al primer vistazo: favorecer el acceso de los ciudadanos a la clase media para el mayor número posible de ciudadanos, en el límite a todos.
Este objetivo tiene distintos nombres: más a la izquierda se le llama utopía, cuanto más a la derecha nos movamos, más se le irá llamando modelo, pero es sólo cuestión de nombres y tradición.
La clase media no debe considerarse una simple cuestión de estadística, aunque necesariamente tenga mucho que ver con el promedio, también debe tenerse en cuenta el acceso de los ciudadanos a ciertos bienes, como la instrucción, la atención médica, la vivienda, y, por supuesto, la alimentación o el vestido, etc. Y por lo tanto esta clase media es un invento de sociedades avanzadas, y por eso mismo no es un simple cuestión estadística, por ejemplo: una tribu en la que todos sean más o menos igual de ricos o de pobres, no es una tribu de clase media, en el sentido en el que queremos usarla, aunque lo fuera perfectamente en cuanto a la estadística.
En lo que sí se diferencian más las ideologías es en la manera de conseguir estos objetivos.
El centro izquierda tiende a considerar que la generación de riqueza es automática, pero el reparto debe ser forzado, y por eso su modelo necesita un estado que corrija los defectos del mercado y redistribuya la riqueza que se haya generado. Por lo tanto su modelo está enfocado al trabajador y al reparto, considerando, de alguna manera, que siempre hay suficiente para todos, y si a veces parece que no es así, se debe a alguna oculta conspiración. De manera que el acceso de la mayoría a la clase media se consigue mediante un reparto más igualitario.
Por su parte el centro derecha tiende a considerar que la generación de riqueza necesita ayuda, pero que el reparto es automático. Es verdad que este no es el liberalismo que se predica por unos pocos, pero es que por una parte el liberalismo sólo lo defienden algunos políticos como una etiqueta, y, por otra parte, para el centro derecha en España el liberalismo es sólo una capa moderna importada en los últimos años, pero que no parece que se vaya a imponer fuera de las tertulias en los medios. Por lo dicho su modelo está enfocado a la promoción de la empresa, considerada como fuente original de la riqueza, considerando, de alguna manera, que el propio funcionamiento del mercado provocará una distribución genealizada entre los trabajadores, y si a veces parece que no es así, se debe a trabas que ponen al mercado quienes quieren forzar el reparto. De manera que el acceso de la mayoría a la clase media se consigue mediante una mayor producción.
Por su parte, los extremistas de izquierda y derecha piensan que la sociedad sólo funciona cuando se ciñe a un plan que ellos han trazado o heredado. Para implantar dicho plan la libertad tal y como la entendemos normalmente, les sobra, porque las personas tenemos cierta tendencia a la independencia, y enseguida nos salimos de los planes que los demás hacen para nosotros. Por lo tanto sus objetivos pueden ser los mismos que los de las versiones más centradas, pero sus medios son mucho más terribles: necesitan apoderarse de las instituciones para destruir todo aquello que se interponga en su camino actual o previsto para el futuro, necesitan ser totalitarios.
Este objetivo tiene distintos nombres: más a la izquierda se le llama utopía, cuanto más a la derecha nos movamos, más se le irá llamando modelo, pero es sólo cuestión de nombres y tradición.
La clase media no debe considerarse una simple cuestión de estadística, aunque necesariamente tenga mucho que ver con el promedio, también debe tenerse en cuenta el acceso de los ciudadanos a ciertos bienes, como la instrucción, la atención médica, la vivienda, y, por supuesto, la alimentación o el vestido, etc. Y por lo tanto esta clase media es un invento de sociedades avanzadas, y por eso mismo no es un simple cuestión estadística, por ejemplo: una tribu en la que todos sean más o menos igual de ricos o de pobres, no es una tribu de clase media, en el sentido en el que queremos usarla, aunque lo fuera perfectamente en cuanto a la estadística.
En lo que sí se diferencian más las ideologías es en la manera de conseguir estos objetivos.
El centro izquierda tiende a considerar que la generación de riqueza es automática, pero el reparto debe ser forzado, y por eso su modelo necesita un estado que corrija los defectos del mercado y redistribuya la riqueza que se haya generado. Por lo tanto su modelo está enfocado al trabajador y al reparto, considerando, de alguna manera, que siempre hay suficiente para todos, y si a veces parece que no es así, se debe a alguna oculta conspiración. De manera que el acceso de la mayoría a la clase media se consigue mediante un reparto más igualitario.
Por su parte el centro derecha tiende a considerar que la generación de riqueza necesita ayuda, pero que el reparto es automático. Es verdad que este no es el liberalismo que se predica por unos pocos, pero es que por una parte el liberalismo sólo lo defienden algunos políticos como una etiqueta, y, por otra parte, para el centro derecha en España el liberalismo es sólo una capa moderna importada en los últimos años, pero que no parece que se vaya a imponer fuera de las tertulias en los medios. Por lo dicho su modelo está enfocado a la promoción de la empresa, considerada como fuente original de la riqueza, considerando, de alguna manera, que el propio funcionamiento del mercado provocará una distribución genealizada entre los trabajadores, y si a veces parece que no es así, se debe a trabas que ponen al mercado quienes quieren forzar el reparto. De manera que el acceso de la mayoría a la clase media se consigue mediante una mayor producción.
Por su parte, los extremistas de izquierda y derecha piensan que la sociedad sólo funciona cuando se ciñe a un plan que ellos han trazado o heredado. Para implantar dicho plan la libertad tal y como la entendemos normalmente, les sobra, porque las personas tenemos cierta tendencia a la independencia, y enseguida nos salimos de los planes que los demás hacen para nosotros. Por lo tanto sus objetivos pueden ser los mismos que los de las versiones más centradas, pero sus medios son mucho más terribles: necesitan apoderarse de las instituciones para destruir todo aquello que se interponga en su camino actual o previsto para el futuro, necesitan ser totalitarios.
domingo, 22 de mayo de 2016
Dublineses - 1914 - James Joyce
Dublineses es un libro bastante conocido de Joyce, puede que el mejor para lectores no aficionados al autor, que puedan encontrar pesada su obra principal. En él se reúnen quince relatos, todos ellos ubicados en Dublín (¡sorpresa!).
Son relatos familiares, o de reunión de amigos, de cosas pequeñas, diríamos; no hay nacimientos, ni apenas muertes, no hay violencia ni, aparentemente, catástrofes, o al menos no son ruidosas. Tampoco se vuelve atrás para contarnos la historia de los personajes, sólo sabemos lo que necesitamos para entender lo que está pasando en la escena que le interesa a Joyce, pero son escenas tan representativas, aunque cotidianas, que parece que podríamos recontruir lo importante de su vida con lo que nos dejan entrever.
También son relatos tristes, incluso en los más alegres parece que se nos oculta alguna sombra, a veces se desvela más adelante, y otras simplemente queda en el aire un ambiente de sospecha, intuimos que algo malo está pasando y no se nos quiere contar.
Se da mucha importancia a lo que comen los personajes y donde lo hacen, así como su relación con la bebida y con la nación. La nación y el nacionalismo están muy presentes, no como reivindicación o como polémica, sino como parte del paisaje: nos dicen que un personaje es nacionalista, o en una conversación se comenta que alguién ausente es un buen orangista, detalles que a menudo no parecen estar relacionados con lo que pasa, pero es difícil saber qué connotaciones tiene para un irlandés de principios del siglo XX el militar o no en el nacionalismo. Por lo pronto Joyce nos lo presenta como una circunstancia más, igual que ser alto o bajo, tener dinero o carecer de él, hay que esperar que el personaje se ponga en movimiento para conocerle, más allá de etiquetas.
La viñeta siguiente es de un comic sobre la vida de Joyce de Alfonso Zapico, titulado "Dublinés", representa muy bien la sensación que puede uno tener al enfrentarse por primera vez a Joyce. Hay que recordar que para Joyce el único propósito del arte debe ser el goce estético: ni convencer, ni enseñar, ni, por supuesto, vender, sólo estética, por eso encaja hasta cierto punto mal en nuestro mundo de cultura habitual, donde mucho es mercadería, ideología (o simplemente tontería).
Son cuentos de una enorme zona gris familiar y social, cuentos de mezquindad, de espectativas no cumplidas, de mitos del siglo XX, y XXI que no se cumplen ni individual ni socialmente y nos llenan de una frustración pequeña y fea, que nos empequeñece y afea en todo.
Son relatos familiares, o de reunión de amigos, de cosas pequeñas, diríamos; no hay nacimientos, ni apenas muertes, no hay violencia ni, aparentemente, catástrofes, o al menos no son ruidosas. Tampoco se vuelve atrás para contarnos la historia de los personajes, sólo sabemos lo que necesitamos para entender lo que está pasando en la escena que le interesa a Joyce, pero son escenas tan representativas, aunque cotidianas, que parece que podríamos recontruir lo importante de su vida con lo que nos dejan entrever.También son relatos tristes, incluso en los más alegres parece que se nos oculta alguna sombra, a veces se desvela más adelante, y otras simplemente queda en el aire un ambiente de sospecha, intuimos que algo malo está pasando y no se nos quiere contar.
Se da mucha importancia a lo que comen los personajes y donde lo hacen, así como su relación con la bebida y con la nación. La nación y el nacionalismo están muy presentes, no como reivindicación o como polémica, sino como parte del paisaje: nos dicen que un personaje es nacionalista, o en una conversación se comenta que alguién ausente es un buen orangista, detalles que a menudo no parecen estar relacionados con lo que pasa, pero es difícil saber qué connotaciones tiene para un irlandés de principios del siglo XX el militar o no en el nacionalismo. Por lo pronto Joyce nos lo presenta como una circunstancia más, igual que ser alto o bajo, tener dinero o carecer de él, hay que esperar que el personaje se ponga en movimiento para conocerle, más allá de etiquetas.
La viñeta siguiente es de un comic sobre la vida de Joyce de Alfonso Zapico, titulado "Dublinés", representa muy bien la sensación que puede uno tener al enfrentarse por primera vez a Joyce. Hay que recordar que para Joyce el único propósito del arte debe ser el goce estético: ni convencer, ni enseñar, ni, por supuesto, vender, sólo estética, por eso encaja hasta cierto punto mal en nuestro mundo de cultura habitual, donde mucho es mercadería, ideología (o simplemente tontería).
Son cuentos de una enorme zona gris familiar y social, cuentos de mezquindad, de espectativas no cumplidas, de mitos del siglo XX, y XXI que no se cumplen ni individual ni socialmente y nos llenan de una frustración pequeña y fea, que nos empequeñece y afea en todo.
domingo, 10 de enero de 2016
Enrique V - 1979 - BBC Shakespeare Collection
Tercera obra de Shakespeare dedicada a este rey de Inglaterra,
dado que las dos partes de Enrique IV, como se dijo en su momento, están
dedicadas a contar las hazañas de juventud del V, y su transformación de
vividor en solemne gobernante y guerrero.
Tras acabar con las revueltas internas y ser coronado, Henry pone
los ojos en Francia. Como todos los imperios que en el mundo han sido, la culpa
de sus invasiones es, por supuesto, de los invadidos, en este caso de los
franceses. El buen rey inglés lo único que hace es reivindicar sus derechos,
mientras que por su parte el rey francés se obstina en no querer regalar su
reino al adversario, sin contar que los ingleses, además, tienen a Dios de su
lado (esto sólo se demuestra con la victoria, claro).
En la colección de la BBC las dos partes de Enrique IV y ésta son
tratadas como la misma, utilizando los mismos actores para los papeles
principales, etc. En 1989 Kenneth Branagh realizó una versión para el cine, más
dinámica que esta de la BBC, pero en la que se pierden los repetidos
intercambios de heraldos y comunicaciones, tan profusas, que pueden hacerse
largas, pero nos dan idea de cómo se tramaban las guerras y batallas en la Edad
Media inglesa, o cómo creían que se hacía los modernos.
Dentro del esfuerzo Shakesperiano por hacer nación en la Gran
Bretaña, Enrique V es mostrado como un gran unificador, santo y sabio por
encima de los pensamientos y preocupaciones de quienes le rodean, dueño de sí
mismo siempre, pero en manos de Dios. Cercano a nobles y plebeyos si lo
merecen, porque les mira desde tan alto que le deben de parecer igualmente
pequeños.
En definitiva, Enrique se casa con Catalina de Valois y fuerza al
rey de Francia a nombrarle heredero, situación que en la obra se plantea desde
el buen rollo total, dado que todo el mundo asume que un hombre así merece ser
el rey de todo.
Las últimas escenas de la obra son una introducción introductoria
a Enrique VI, que será rey de Inglaterra y Francia.
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